6/4/12

Soñador (deja que hable tu corazón)





“Cuánto darías por tener una mirada  que se asome dentro de tu soledad. Cuánto desearías que por las noches una estrella fuera tuya para poder conversar... cuánto desearías escribir una poesía que explicara más tu forma de sentir.” (Litto Nebbia)


Se puede vivir dormido o soñar despierto, soñar es también re-cordar, meditar y buscar lo esencial en las verdades más profundas.

¿Crees que un mundo mejor es posible, empezando por uno mismo y su morada? ¿Eres de los que siempre aspiran a vivir los sueños íntimos más hermosos por sobre las conveniencias materiales o sociales? ¿Sientes que tu mundo interior es tu mayor riqueza y que nadie ni nada te lo podrá arrebatar? ¿Crees que se puede vivir en resonancia armónica con todo lo que hay? Entonces tal vez seas uno de los llamados pobres e ingenuos soñadores, bienvenido al Club porque solo no estas.

Como soñador se suele experimentar soledad, in-comprendida para los demás como una in-diferencia que lo va a perseguir, pero es en esta misma soledad meditativa que se pueden encontrar momentos de plenitud y creatividad para abrir la mente y el corazón a posibilidades infinitas.

“Puede ser una filosofía de vida muy interesante pero es im-practicable en este mundo, no es real, hay que adaptarse y bajar a la realidad: el trabajo, la familia, la estabilidad, el progreso material, las obligaciones sociales, los paradigmas, etc.” “En definitiva soñar es fácil, no cuesta nada” Es el discurso que suelen invocar, a veces con cierta envidia agazapada, los no-soñadores.

Y con algunas variantes y sutilezas es el mismo discurso que han escuchado inventores, científicos, artistas, maestros, deportistas, etc., todos aquellos que con amor, voluntad, perseverancia y arduo trabajo para realizar sus sueños, han podido soltar la realidad, despegarse de los condicionamientos propios y ajenos para poder volar en beneficio de toda la humanidad.

¿Qué es un hombre sin sueños?” “La imaginación es tan importante como el conocimiento”, (A. Einstein).
“Desarrolla sueños personales y encuentra una causa más grande que ti mismo. Convierte una visión grande en una misión y terminara siendo una bendición” (Anónimo).

El concepto realista en principio se opone al de soñador, pero solo en apariencia. Por cierto que un sueño puede ser una ilusión pero no es menos cierto que una realidad  también, de hecho la propia realidad, igual que los sueños, son una construcción individual.

Por otra parte si bien el termino ilusión en su acepción más usual y negativa alude a engaño, ficción o quimera, la verdad es que también significa confianza y esperanza, como en todas las cosas todo depende de la perspectiva.

La diferencia más notable entre un realista y un soñador es que el primero solo puede ver su realidad como la única posible, mediante la negación justifica, adapta y sostiene sus creencias, su fe y confianza se basan en la dependencia exclusiva de lo ya establecido, de algo o alguien exterior, mientras que el soñador puede trascender su propia realidad y, con fe y confianza en si mismo, ser y hacer cosas imposibles para la percepción del realista.

“La fe ha de ser la corroboradora de la imaginación, pues por la fe se establece la voluntad… En todas las obras mágicas, es requisito indispensable la firmeza de voluntad… Cuando las artes no tienen reglas fijas y ciertas, es porque los hombres no saben imaginar ni creer en el resultado eficaz de lo que imaginan”. Paracelso

Imaginar es idear, inventar, crear, forjar, concebir; la imaginación, que trasciende la razón y la mente mecánica del realista, es uno de los aspectos más elevados que puede desarrollar el hombre. Como atributo divino solo basta con contemplar la belleza, el orden y la armonía en el di-seño del universo.

“Si pudiera ver algo…
tu puedes ver todo lo que quieras.
Si pudiera ser alguien…
tu puedes ser cualquier persona, celébra.
Si pudiera hacer algo…
bien que puedes hacer algo.
Si pudiera hacer lo que sea…
bien que puedes hacer algo fuera de este mundo.”
(Dreamer, Supertramp)


1/4/12

Ser humano II




Viendo en la carta la geometría que dan las coordenas celestes para el natalicio o un momento dado, se pueden conocer con precisión las influencias que, en mayor o menor proporción, ejercen los planetas sobre la vida del hombre.  Desde la vibración de los números y las letras, la fecha de nacimiento y los nombres determinan características que como tendencias influyen en todos los planos y etapas de la existencia.

Los nombres determinan características personales y los apellidos aluden a influencias paternas y maternas, de la suma de unos y otros se obtiene, entre otras cosas, la misión en la vida. Dentro de la ciencia y el arte de los números existe también un método para designar el nombre más conveniente para el ser que esta por nacer. Hay ejemplos, tanto en las escrituras como en la vida de grandes maestros espirituales, del cambio de nombre o letras del mismo para ajustarlo a un nuevo estado o vibración más elevada.

Con la noción de karma, una realidad tradicional en las culturas orientales,  la investigación científica y las terapias occidentales de vidas pasadas, surge que podemos traer a esta vida algunas deudas pendientes. Entonces aparece en algún momento, in-evitable y angustioso para algunos, la pregunta sobre la libertad del hombre: ¿En verdad poseemos un libre albedrio y hasta qué punto podemos elegir, o es una libertad condicionada?

¿Somos tan vulnerables? Si y no, depende cómo y desde dónde se mire. Una máxima  nos dice que el universo, la existencia, no nos va a demandar algo que, mas allá del mayor esfuerzo, no este dentro de nuestras capacidades o posibilidades reales. Podemos creerlo o no, o tomarlo como un gran consuelo, pero tiene sentido si vemos los desafíos que se nos presentan y aquello que consideramos lo peor que nos pueda suceder, como  medios para crecer.

Y como una ley matemática directamente proporcional, cuanto mayor sea la amplitud o nivel de conciencia mayor será la perspectiva y la capacidad de ver y resolver, y en consecuencia nuestra libertad para elegir. Imaginemos por un momento el estado de conciencia de un maestro espiritual.

¿Es casualidad que hayamos nacido a una cierta hora, de un cierto día, mes y año, en un lugar y en el seno de una familia dados? ¿es por azar la elección de nuestros padres al darnos un cierto nombre? Seria por lo menos ingenuo pensar que la creación del universo y todo lo que ocurre en él como la perfección de las orbitas de los planetas, las estaciones del año y la vida misma es casualidad. Llamamos azar a todo aquello que no podemos comprender con nuestros sentidos comunes.

Todo lo que nos sucede de alguna manera lo atraemos o provocamos nosotros, desde la experiencia, los anhelos y las asignaturas pendientes de esta vida o de otras, todo tiene un sentido último que siempre tiende a la elevación, la armonía y la perfección, las influencias externas no son así tan in-ciertas ni externas como se podría suponer, ni mucho menos casuales.

Dios, lo Absoluto o Superior, la existencia o como quiera llamárselo no nos abandonó en esto, aunque no lo veamos el Sol siempre está: desde la más remota antigüedad existen métodos idóneos para conocer el por qué y comprender nuestra misión y tendencias en esta vida, si lo queremos saber.

Cuentan las leyendas tibetanas que hubo una época donde los lamas magos recogían el agua de lluvia en sus cuencos, que ellos mismos forjaban con siete metales, y al reflejarse en ella podían ver y conocer sus vidas pasadas.

Al igual que la información, y el amor, que existe en las partículas más elementales, en alguna parte que, según nuestras creencias, podemos llamar alma, llevamos impresa las vivencias de toda la historia,  la evolución humana y del universo, en términos relativos lo bueno y lo malo. De ahí cobra sentido la verdad espiritual que, en potencia, ya somos un Buda o el Cristo,  portamos las semillas de la unidad, la sabiduría, el amor y la compasión para serlo, pero no lo creemos.